Curvas del Troodos y vuelo sobre Chipre 2026: GetExperience
Los paseos desde Lárnaca son de dos clases: por tierra hacia arriba y por aire hacia los lados. El primero: la carretera al Troodos sube en curvas ganando casi mil quinientos metros, y merece el viaje por sí sola. Desde ella se ve la costa hundirse mientras a los lados cambia la vegetación: primero campos quemados, luego viñas, luego pinos. Se para en pueblos que hacen halloumi y vino, así que la carretera resulta además gastronómica.
El segundo es una avioneta. Chipre no es grande: una hora de vuelo la cruza casi entera, y desde arriba su geografía se entiende de golpe — los lagos salados junto a Lárnaca, la cresta del Troodos en el medio, la línea estrecha del Pentadáctilos al norte, y en día claro la costa turca en el horizonte. El vuelo es familiar, la cabina tiene cuatro plazas y la ruta se acuerda antes de despegar.
En la práctica. Las curvas marean: quien lo padezca que se siente delante y no lea por el camino. Allá arriba hace unos quince grados menos incluso en pleno verano, así que el jersey va sin mirar el pronóstico de la costa. Los vuelos dependen del viento y la visibilidad: con mal tiempo se aplazan o se devuelve el dinero. El peso de los pasajeros se pregunta en serio al reservar la avioneta; no es un trámite.













