Visitas guiadas en Marsella

Guía de la ciudad

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Marsella la fundaron marinos griegos de Focea hacia el 600 antes de Cristo, lo que la convierte en la ciudad más antigua de Francia. El Vieux-Port sigue siendo su centro. Por la mañana se vende pescado en el muelle.

Alrededor del puerto viejo

  • Notre-Dame de la Garde. Sobre la colina más alta de la ciudad, y visible desde casi toda ella.
  • Le Panier. El barrio viejo detrás del muelle norte, todo escaleras, tendederos y contraventanas repintadas.
  • MuCEM. Una celosía de hormigón negro en la bocana del puerto, unida por pasarela al fuerte Saint-Jean, del siglo XVII.
  • El castillo de If. La prisión isleña del conde de Montecristo, a unos veinte minutos en barco.
  • Las calanques. Entrantes de caliza blanca que empiezan dentro del término municipal y se alcanzan a pie o en barco.

Lo que merece un guía

Marsella parece caótica y no lo es, y ese es el argumento para hacer una visita guiada. Le Panier y el puerto viejo cobran sentido en cuanto alguien te ordena las capas. Comer y beber es aquí categoría aparte.

  • Comer y beber. Catas de cerveza, aperitivos montados sobre producto local con música en directo, y la vieja discusión sobre quién cocina bien la bullabesa.
  • Las calanques. Recorridas a pie desde el borde de la ciudad por una ruta panorámica, o abordadas en barco desde Cassis.
  • Provenza en media jornada. Aix y el país de Cézanne, las fincas de Châteauneuf-du-Pape y Château La Coste, Aviñón y su palacio papal, todo a menos de dos horas.
  • Autoguiadas. Rutas por el casco viejo en el móvil por el precio de un café, que van bien para una familia o una tarde suelta.

Fuera de la ciudad casi todo el trabajo lo hace un conductor, porque la zona de viñedos queda lejos de las líneas de tren. Una tarde en privado cuesta varias veces lo que una plaza en grupo. Con cuatro personas esa aritmética cambia enseguida.

Práctico

  • El mistral. Un viento seco del norte que puede soplar tres días, deja el cielo limpio y cancela las salidas en barco sin más.
  • Temporada. Veranos calurosos y secos, inviernos suaves, y baño de junio a octubre.
  • La bullabesa. La de verdad se encarga con un día de antelación y cuesta más de sesenta euros por cabeza; un plato de panisses vale unos tres.
  • Desde el aeropuerto. El autobús lanzadera termina en la estación de Saint-Charles y no en el puerto, así que organiza un coche si te alojas junto al agua.
  • Por la ciudad. Dos líneas de metro y los tranvías cubren el centro por poco dinero, pero a las calanques se llega en autobús, en barco o a pie.
  • Bolsos. Los hurtos son la verdadera fama de la ciudad, así que llévalos cerrados por la Canebière y por el Vieux-Port de noche.

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